Agustín Mamolar
Cuento de Navidad I (2005/2006)
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Era una estrella como las demás, pero no era una estrella cualquiera Aquellos Magos llevaban una eternidad esperándola para poder seguirla hasta el final y que les condujera al lugar donde habitaban la paz y la esperanza, que ya entonces eran un bien tan deseado, como escaso. Los sabios decían que sería una señal inequívoca que enseguida identificarían y les conduciría a un mundo donde reinaban la alegría y la generosidad. Un punto de luz en el mapa del cielo, un agujero luminoso que les anunciaría un hecho portentoso: el nacimiento del hijo de un Dios nuevo, único y desconocido. Un dios de dioses en un olimpo demasiado contaminado por defectos humanas, como ahora, como siempre; un parnaso que los Dioses se disputaban y se repartían siguiendo alianzas y criterios terrenales. Para ti el mar, para mi la belleza y la sabiduría, y para ti, que eres hija de de un Dios, de una mortal y de un instante de pasión, el submundo y, además, tendrás hijos monstruosos que no verán nunca la luz…

El hijo del nuevo Dios también sería hijo de una mortal, pero sería distinto. Sería concebido por el vientre virgen de una judía y su cuerpo no sería inmortal; ni sería rico, ni poseería otro mundo que el de las verdades eternas. Nacería pobre y pobre moriría. No sería violento. Dejaría que le mataran y su única venganza sería un mensaje de paz que arrastraría a miles y miles de personas detrás de él y que derrumbaría el viejo reino, el de los dioses antiguos.

Y los magos siguieron la estrella y encontraron al hijo del nuevo Dios tumbado en un pesebre. Y las cosas sucedieron como les habían sido anunciadas. Pero la maldad que esconde el alma del hombre acaba por aflorar. Desde entonces todos los años sucede el milagro y durante unos días, demasiado pocos días, los corazones se inflaman y nos volvemos un poco niños; y somos generosos y se acomodan en nuestro pecho sentimientos olvidados. Y algún que otro ser extraño se empecina en perpetuar el espíritu de la Navidad más allá de los días programados y nos conmueve su tesón y nos hace pensar y preguntarnos: ¿Qué sucedería si nos empeñáramos siempre todos en seguir a la estrella? Y el eco de la pregunta se desvanece poco a poco en el aire, hasta desaparecer. Pero al año siguiente regresa con renovada energía y vuelve a hablarnos de su mensaje de amor.
Cuento de Navidad II (2006/2007)
Martín era un tipo duro; uno de esos tipos que un día decidió que en esta vida hay que hacerse respetar porque si dejas que te conozcan y das muestras de debilidad la gente te come, proclamaba convencido. Hablaba con desprecio de la gente con la que cada mañana compartía la calle, el trabajo, la carretera y todo lo demás. Esa gente común, decía, que permanece agazapada al acecho de cualquier acto temerario e imprudente de cualquiera para lanzarse a la yugular; esa gente que si puede te roba la cartera y el alma.  Esa gente que cuando te desea los buenos días, en realidad está deseando que te pille el tranvía.

Este año, en Navidad, Martín cometió un error letal, un fallo que le cambió la vida. Volvía del trabajo en el coche solo, como siempre, y dejó que la música navideña, las luces y alguna sonrisa le tocaran el corazón. Llegó a casa, se encerró en su despacho y se puso a confeccionar una lista. Al principio lo hizo tímidamente; luego se engañó diciéndose que era tan sólo un juego y más tarde se afanó en llevar a cabo la tarea. Después de una dura lucha entre su voluntad y su corazón la lista vio la luz. En ella Martín incluía a los candidatos que, según un criterio razonado y meticuloso, eran merecedores, si no de su afecto, de su respeto; entendiendo por tal, que no le importaba tomar un café con ellos fuera del trabajo o que no había motivos objetivos para sospechar que alguna vez habían criticado a alguien o algo. Le daba igual que fuera porque no tenían criterio que porque fueran buenas personas, eso entonces no era importante para él. No fue fácil, pero ahí estaba su lista y ahora había que hacer algo con ella. Y decidió, para su desgracia, enviar a cada afortunado una felicitación navideña; eso sí, sin remite. No tenía que saber nadie que había sido él. No faltaría más. Pero el milagro se obró. Al día siguiente Martín sonreía feliz de su extravagancia y los demás, contentos y extrañados de verle sonreír, le correspondían; y la bola fue creciendo hasta más allá de las navidades de ese año 2006. Era enero y la sonrisa seguía instalada en su rostro; luego vinieron febrero y marzo y así hasta las siguientes navidades; y ya  Martín se acostumbró a aquel gesto que ya nunca pudo borrar.
Cuento de Navidad III (2007/2008)
Cuenta la leyenda que existió una vez un país lejano y antiguo en el que gobernaba un rey sabio, y quizá también un poco soñador, que se llamaba Hermenegildo II; los dos palitos eran para distinguirse de su padre que también se llamaba así y que también, casualmente, había sido rey. Hermenegildo II, por encima de todo y antes que nada, antes incluso que expandir su territorio o lograr riquezas nuevas que añadir a las muchas que ya tenía, se empeñó en la misión, que algunos juzgaban imposible, de conseguir que su pueblo fuera feliz. Enseguida se dio cuenta de que era un trabajo muy complicado para el que nadie estaba preparado; aún así, no cejó en su empeño y tras analizar la situación con sus asesores -algunos de los cuales se reían de él por detrás pues pensaban que su rey había enloquecido-llegaron a la conclusión de que necesitarían ayuda de sabios especializados en distintas materias; de modo que pidió ayuda a Raschsid, especialista en medicina de renombre en todo el universo conocido y a Cromwel, un político de intachable reputación en el mundo de aquel entonces. Y de ese modo, poco a poco consiguió reunir a más de cincuenta sabios; pero, sin embargo, tampoco consiguieron resolver el problema de la felicidad popular, pues había algo que se les escapaba.

Al rey le gustaba pasear disfrazado y mezclarse con su pueblo, y lo hacía con frecuencia. Preocupado por la situación, y no queriendo que nadie supiera lo que iba a hacer, un día se disfrazó de campesino y fue a la montaña cercana, donde vivía un ermitaño del que había oído hablar y que pasaba por ser un hombre sabio. No le resultó difícil dar con él; hablaron y compartieron vino y queso. El hombre dijo llamarse Leovigildo el Ermitaño. Así, sin más ¿el Ermitaño?, preguntó extrañado el rey. Y el ermitaño respondió: Sí. Siempre me llamaron así. Y a mi padre y a mi abuelo del Campo, pues lo cultivaron toda su vida. Es lo que hacemos, no lo que un día heredamos -afirmó con contundencia, antes de añadir-: Pero, ¿y usted? ¿Usted cómo se llama? Entonces Hermenegildo, ante tanta sinceridad, tuvo que confesar que era el rey. Al ermitaño no le impresionó lo más mínimo que lo fuera y dijo: Usted majestad, usted es Hermenegildo II de Hastaki. Usted tampoco tiene apellido, sino que es conocido por el nombre propio y el del país del que es rey. ¿Quieres decir que lo importante es lo que eres en el momento y que lo demás no importa?, quiso saber el rey. Yo, majestad, soy lo que soy y también mis sueños, añadió Leovigildo el Ermitaño un tanto confundido ante tanta pregunta. Mientras tanto el rey, cada vez más sorprendido, preguntó, antes de alejarse pensativo: ¿Eres feliz? En ese punto, Leovigildo el Ermitaño dudó por un instante y luego dijo: Majestad, ¿Por qué os hacéis tales preguntas? Soy lo que soy. La memoria no importa, ni tampoco importan los proyectos, pues la vida es la que decide. Pero eso sí, me gusta soñar. Por ejemplo, un día soñé que haría esa cabaña y ahí está; todos los días sueño que oraré y lo hago. Pero nunca sueño que lloverá o que hará sol o que mis ovejas no morirían. El rey creyó haber dado con la clave del enigma: Adiós a la memoria, adiós a los proyectos y bienvenidos los sueños posibles y el presente. Al llegar a palacio llamó al escribano y dictó unas nuevas leyes para abolir todo aquello que juzgó inútil para ser feliz. Ante las nuevas normas hubo muchos que abandonaron el país y otros que vinieron a instalarse. Tuvo lugar una pequeña revolución, sobre todo por la resistencia del pueblo a abandonar los sueños imposibles, pero al fin lo consiguió; consiguió que todos estuvieran en el momento, soñando solo cosas posibles y sin proyectos. Pasado un tiempo, liberados ya de la carga de pensar y de tener que decidir, de la frustración y del miedo, dijeron ser felices.

            Años más tarde, un diciembre que hacía mucho frío, como todos los diciembres en Hastaki, al caer la tarde llegaron unos extranjeros. Eran un hombre, una mujer y un niño de apenas unos días. Entraron con su carro tirado por un burro en la calle principal, amarrada al carro iba una vaca; tenían hambre y frío después del largo viaje que dijeron que habían hecho. Los felices habitantes del reino les miraron con curiosidad y los extranjeros apenas se atrevían a levantar la vista del suelo, pues en el camino habían visto mucha maldad. Detrás de cada ventana el tintinear rojo del fuego de la chimenea les reconfortó solo de verlo, pero no era su fuego, ni su casa, ni tampoco su ventana. Las calles nevadas invitaban al recogimiento, aunque todavía se veía gente en la calle ultimando sus tareas y otros charlando con sus vecinos, protegidos todos con gruesas ropas y guantes. Los extranjeros observaron que los hombres usaban largas barbas y que las mujeres vestían ropas de hermosos colores; y ambos, hombres y mujeres, se tocaban con sombreros. De repente el panadero, Johann, que departía amigablemente con el carpintero, José, se apercibió de la presencia de los extranjeros, algo insólito en Hastaki, y los dos se acercaron a ellos para ver si podían ayudarles en algo. Ellos les explicaron que venían del lejano país de Desdeallí y que en el camino había nacido su hijo; que tenían hambre y frío y que les agradecerían si les indicaban donde podrían pasar la noche, que cualquier lugar les serviría. No lo dudaron, enseguida les dijeron que fueran al palacio y que preguntaran por el rey. Los extranjeros pensaron que les estaban tomando el pelo, pero su insistencia les convenció de que hablaban en serio. Pero, ¿Cómo vamos a hacer eso?, dijo el hombre. Les acompañaremos, respondieron ambos. Y en efecto se alojaron en el palacio real. Al día siguiente, el rey les invitó a quedarse en Hastaki y afirmó que si lo así lo decidían serían bienvenidos, pero que en tal caso deberían conocer y aceptar sus leyes. Ellos respondieron de inmediato que, si se lo permitían, se quedarían gustosos y acatarían las leyes de un país tan amable. Ese mismo día les leyeron las leyes, las juraron y luego les dieron una casa y un trabajo. Estaban todos los oficios cubiertos, pero el extranjero se llamaba José, que era nombre de carpintero, y un carpintero más no vendría mal, pensaron los del pueblo; y entró así el extranjero a trabajar como aprendiz del carpintero, hasta que se estableciera por su cuenta. Dos días más tarde llegaron tres reyes, con un increíble séquito, para agasajar al recién nacido que decían que era hijo de un Dios único. Hastaki se alborotó con la presencia de aquellos reyes que vestían lujosos trajes y portaban tesoros inimaginables, tales como, oro, incienso y mirra. Pero sobre les turbó la presencia del hijo de un Dios en su país, pues ellos, desde que dejaron de soñar cosas imposibles, habían olvidado lo que era un Dios; de hecho era algo que solo los más viejos recordaban, y vagamente. Había entre ellos quien decía que era algo bueno y también quien pensaba que era algo terrible. Tampoco veían en el ayudante del carpintero a un Dios y entonces entendían menos aún que su hijo fuera lo que decían los magos.

El rey intervino. Llamó a los habitantes de Hastaki a palacio y les dijo que no debían preocuparse, que nada había más poderoso que el ejemplo y que, si ellos seguían fieles a sus costumbres, los extranjeros se adaptarían o se irían, como sucedió cuando crearon las nuevas leyes, y que además seguro que también traerían cosas buenas bajo el brazo. Parecía imposible que así fuera, sobre todo con el alboroto que provocaba la presencia de los tres reyes que habían venido a agasajar al pequeño hijo del Dios; aunque una vez que estos se marcharon, las cosas parecieron volver a la normalidad. Sin embargo, pasado un tiempo, algunos habitantes de Hastaki dejaron el país persiguiendo la estela de aquellos reyes extraños que habían traído sueños, riquezas y proyectos de lejanos lugares; y, poco a poco, los hastakienses que se quedaron en Hastaki recuperaron los sueños, la memoria e imaginaron proyectos, influenciados por la presencia de aquellos extranjeros que eran felices, pero que ni olvidaban, ni evitaban imaginar proyectos,  y volvieron a soñar cosas imposibles. El ermitaño bajó al pueblo para que le hicieran una nueva mesa en la carpintería, que pagaría con miel y con queso, y se vio sorprendido por lo que vio. Habían reconstruido el viejo templo, le hablaban de un puente que uniría ambas orillas del río para así poder llegar más fácil a los campos de cultivo; había varias panaderías, dos carpinteros: Una locura. Aquel no era el Hastaki de la última vez y, sin embargo, los hastakienses parecían felices; algunos se habían afeitado la barba, otros no llevaban sombrero y aún así parecían felices. Incluso el rey, que ahora paseaba vestido de rey, parecía haber cambiado. Ya no era aquel monarca confundido que no sabía si tenía un apellido. Asustado, el ermitaño huyó a la montaña y no volvió a bajar al pueblo. En Hastaki se decía que había ido en busca de aquellos tres magos para reprenderles.
Cuento de Navidad IV (2008/2009)
Fue un 22 de diciembre, no lo olvidaría jamás. Aquel día Miguel abandonó la oficina más tarde de lo acostumbrado, sobre todo teniendo en cuenta las fechas de las que se trataba. Eran las siete y esa noche, como todos los 22 de diciembre, cenaría con sus amigos de siempre para celebrar juntos la llegada de la Navidad. Había sido un año terrible, pero desde septiembre las cosas habían empeorado vertiginosamente. La economía parecía haberse desplomado como un edificio en ruinas; como si un poderoso y desolador ciclón hubiera arrasado los cimientos sobre los que se apoyaba la sociedad alterando el orden de valores, cuestionando principios incuestionables, asolando la confianza. Había mantenido una dura reunión en el banco y él, como presidente ejecutivo, como máximo irresponsable para muchos, había tenido que aguantar las críticas, los sordos abucheos y, lo que era peor, el ruido interno de la autocrítica y la agitación de las firmes convicciones que ya no convencían a nadie, y menos a él mismo; además de, por supuesto, rendir cuentas ante los accionistas y tirar de las orejas a los ejecutivos que no se habían enterado de la que se avecinaba, tampoco él, pero ahora era a él a quien correspondía exigir. Circulaba ensimismado en su lujoso coche dando vueltas a todo y a nada, pero girando siempre alrededor de un mismo eje, la pérdida de fe en un sistema que parecía derrumbarse; un orden social en cuyos valores se había apoyado su vida. Valores que ahora cuestionaba y de los que comenzaba a desconfiar.

En esas andaba cuando se dio cuenta de que se había saltado un stop y de repente, sin saber de dónde ni cómo, surgió un coche destartalado que le llevó por delante. Confusión, humo, la bocina que no paraba de sonar, la música demasiado alta. El primer impulso fue el de salir y agarrar por las solapas a aquel mamarracho que le había destrozado el coche. Pero en ese momento todo sucedió como si una inesperada niebla espesa hubiera invadido el asfalto y apenas era consciente de lo que sucedía, pero un rayo de racionalidad le avisó de ello, de que mezclaba las imágenes y le confundían los ruidos. Sonó un viejo villancico de Bing Crosby que le trajo imágenes de la infancia, de cuando era el mismo, pero no tenía lo que ahora, de cuando las cosas eran más sencillas, de cuando no había crisis que pudieran afectar a los suyos, porque nunca les había favorecido ningún <<boom>>. Luego vio salir cojeando del otro coche a un hombre de aproximadamente su misma edad. Llevaba algo en la mano. ¿Una pistola? Vio el gesto de desesperación en su rostro; la rabia brotando de sus ojos. Y a medida que se acercaba se sentía más amenazado, pero no se podía mover. Vociferaba algo que no llegaba a descifrar, aunque sus palabras eran sin duda amenazantes. Cuando al fin estuvo a su lado le reconoció. Era Juan, un antiguo ejecutivo del banco que había sido despedido por no cumplir con los objetivos económicos que se le habían puesto. <<Lo sentimos la organización no cuenta con usted, o algo así recordó haberle dicho>>.

Tiempo después alguien le contó que había sufrido una cadena de desgracias familiares y que malvivía de trabajos insignificantes; él no se alegró, pero hizo oídos sordos. Vio que guardaba lo que llevaba en la mano y luego le preguntó: ¿Se encuentra bien? Parecía más preocupado por cómo estaba él que por el dolor que visiblemente le hacía cojear. Ya no había más imágenes. Miguel se desmayó y no recordaba más de aquel momento en el que pudo perder la vida. Cuando despertó en el hospital, la primera cara que vio fue la de Juan, sonriente, la pierna escayolada. Él había sufrido contusiones múltiples; la más grave una rotura de hígado de la que le habían operado de urgencia. Juan no dijo que le reconocía, aunque era evidente que lo había hecho, pero no se había separado ni un minuto de su lado hasta que estuvo seguro de que se encontraba bien. Cuando marchó, en un sobre dejó una pequeña nota. <<Estaba desesperado, iba a asaltar una farmacia o un supermercado o a pegarme un tiro. Cuando salí del coche reconocí el tuyo e iba a matarte, haciéndote así responsable de mi desgracia, pero el villancico me trajo imágenes de un ayer feliz y recuperé la cordura. Vi que estabas mal herido y... Gracias por no dejar que te matara. Felices fiestas>>.

Luego, pasado el tiempo, le escribió para decirle que había rehecho su vida. Aquella misiva fue una suerte de exculpación, algo así como si le perdonara y le diera las gracias para siempre, aunque era él quien debía agradecer lo que hizo y sus consecuencias, pues desde entonces su vida había cambiado, y para bien. Su gesto le había enseñado lo más importante, la sencillez de la vida, la bondad, la humildad, la generosidad; en definitiva, lo que de verdad importa. Y que fuera lo que fuera lo que les había llevado allí aquella noche del 22 de diciembre lo había hecho para darles la oportunidad de rectificar, de que ambos aprendieran una lección. Lo inútil de la venganza y los verdaderos valores.
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