Agustín Mamolar
Día del libro (2007)
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Hace unos días no podía navegar por Internet en casa y es esta una circunstancia que incomoda, porque, acostumbrados a su pronta respuesta, nos sentirnos aislados de ese mundo que hace un tiempo sólo era accesible a quienes sabían qué buscar y en qué biblioteca y en qué libro poder encontrarlo. Es un mundo de información cómodo en el que a veces se busca el dato escueto desprovisto de las circunstancias. Y un dato es como un ingrediente que sin el resto de los componentes, la temperatura y el tiempo necesarios no hace la salsa;  muchas veces pura consecuencia de hechos, la conclusión sin premisas al que nos arrastra el ritmo frenético en el que vivimos y que aceptamos como dogma de vida.

Pues bien, cuando se estropeó el “Router” a la conclusión a la que llegó el técnico que me atendió telefónicamente y que me hizo realizar una serie de pruebas para las que no sé si hay que estar preparado. Y después de escuchar una voz enlatada que me guiaba por su sistema hasta él: si lo que desea es…pulse el 1; si lo que….el 2─ no quedó otro remedio que enviar a mi domicilio una persona de carne y hueso y con maletín de herramientas y repuestos. El técnico en cuestión por supuesto era de una compañía asociada y llevaba tres meses en la misma, y se mofaba de un compañero suyo que llevaba tres años al que tenía que explicarle que hiciera unas pruebas desde supongo la central. Lo cierto es que hizo un buen trabajo y en poco tiempo, además me activó una conexión “wifi” para un portátil que le agradecí. Me preguntó si usaba mucho Internet y para qué lo usaba. Él  explicó que el lo hacía para bajarse películas y música, y yo le dije que para buscar informaciones que necesitaba para escribir o por curiosidad personal. Sorprendido me preguntó si tenía una página web personal y le dije que sí; luego quiso saber si publicaba mis libros en ella y le respondí que no. Entonces él me dijo que no leía libros y yo, queriendo hacer apostolado, le dije que si le gustaba el cine deberían gustarle los libros, porque una película es la versión de una historia del director de la misma y que cada uno tenemos la nuestra propia. “Ya!”, me contestó encogiendo los hombros. Y yo no supe que más decir.

Está claro que las costumbres cambian y yo no estoy en contra de ninguna nueva tecnología, todo lo contrario, pero necesito el tacto sutil del papel cuando me meto en una historia. Además, puede que sea cultural, pero me gusta más la estética de un libro que la de una pantalla. Por eso espero que el día del libro no acabe por convertirse en el día de la electrónica y acabemos comprando los libros en las tiendas de video juegos y ordenadores. Cada cosa en su sitio.

Bilbao, 23 de Abril de 2007
Mas de menos
Hablaba con un amigo el sábado pasado que me preguntó por mis viejas aficiones y le enumeré las que ya había abandonado, que eran más que las que aún conservo de aquel tiempo al que se refería, y me dijo: “Es que tú lo vas dejando todo.”

Este comentario frío y contundente al principio me intranquilizó, por que dicho así de sopetón era cierto y podía dar a entender que me estaba relajando y que me convertía en un elemento más de la huerta, sediento de agua y minerales e inmóvil sobre su propia raiz; y me hizo pensar. Y, sin ánimo de defenderme,  me dije que lo que antes hacía era experimentar sensaciones sustituyendo una afición por otra, puede que a veces con demasiada celeridad; así dejé de correr por la bicicleta, y dejé “los montes y me vine al mar”, como la canción de Serrat. Todo dentro de una cultura de economía de tiempo.

Ahora, sin embargo, las aficiones que me atrapan ocupan mucho más espacio. Por ejemplo, escribir. Siempre he escrito, pero hasta hace unos seis años no me había nunca propuesto contar una historia larga y atreverme con la imprudencia de enfrentarme a páginas en blanco que hablaran de una misma historia encadenada por palabras, puntos y comas. Y esta nueva afición exige dedicación, tanta que cuando te invade una novela vives con ella y cada vivencia te sugiere; deseas viajar, pero ya no sólo por el placer de hacerlo sino que buscas escenarios y personajes que incorporar a la novela.

Las conversaciones, como la que tuve el sábado con mi amigo, corren el riesgo de acabar también en una escena, o en una página web. Con los amigos compartes vida, aficiones y materia para pensar y sentir, y pierdes el interés, por falta de tiempo, por aquellos a los que no les conmueven las mismas cosas, o les conmueve siempre la misma.

Puede que con la edad midamos el tiempo de otra manera y lo valoremos más.

En fin, más de menos.

Bilbao, 24 de Mayo de 2007
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