Agustín Mamolar
A proposito de las cosas hermosas
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Hay palabras seductoras, ecos de rebeldía, sombras de sueños eternos, sugerentes y románticos; son esas palabras cuyo sonido va más allá de su significado, porque detrás de las letras que la componen se agazapa la historia de la humanidad, puede que de todos los seres vivos.

Una de esas palabras, quién sabe si la más hermosa, es: Libertad. Un vocablo que, con solo oírlo, despierta en nuestro interior ansias de aventuras, de entrega generosa a un ideal; deseos de reivindicarlo todo por ella, renuncias infinitas. Y así, en su nombre, podemos luchar, matar  o hacer que nos maten, aunque no sepamos muy bien por qué. Podemos hacerlo por un territorio o por una idea o por una creencia; puede incluso inducirnos a ello la cosa más nimia, algo tan poco importante que si no hubiera un oponente al que enfrentarse nos importaría bien poco. ¿No será que llamamos libertad a lo que está más allí de nuestras limitaciones más íntimas? ¿A esa guerra ineludible que es la búsqueda de nuestra propia identidad?  Puede que la libertad no sea un fin, sino una senda que seguir, una forma de vivir, una quimera imposible pero imprescindible a la que hay que aferrase para vivir, para sentirse vivo. En todo caso es una hermosa quimera capaz de hacernos olvidar familia, amigos e incluso a nosotros mismos, para en su nombre provocar esa convulsión universal que ilumine y muestre la verdad; una verdad que desconocemos, porque no está ahí, donde queremos pensar que se encuentra; porque no hay luz tan poderosa como para alumbrar el sol; o porque la libertad solo es eso, camino.

13 de Diciembre de 2007
Un recuerdo oscuro
Escena Primera

Penumbra, luz grisácea de luna y farola, un banco en un parque y la silueta de algún árbol.

Coro vestido de negro situado en una posición más elevada que el resto. Solo es visible para el espectador; para Manuel son voces, es el eco de su conciencia.

Arpía vestida de blanco y Arpía vestida de negro. Desde que abandonan el Coro, como el sentimiento de culpabilidad de Manuel, no paran de moverse. 

Manuel con traje gris lleva la corbata aflojada y está sentado en el banco.

De fondo música de réquiem cuyo volumen se regula según la intensidad del diálogo.

Personajes

-         Coro: conciencia tonta, eco del alma que repite sin reflexión

-         Arpía Responsable: una mujer de blanco

-         Arpía Complaciente: una mujer de negro

-         Manuel, que se debate entre la autocomplacencia y la responsabilidad

Introducción

Ha fallecido en accidente un hombre, Esteban, amigo de Manuel. Este lee una y otra vez la noticia, obsesivamente, parándose en cada sílaba, como si quisiera arrancarle al periódico una respuesta que no encuentra dentro de él.

Acción

   “Manuel -. Un hombre, identificado como E.P.B. de 35 años, falleció ayer en accidente, cuando su vehículo, un VW Golf, se salió de la carretera por causas desconocidas. P-o-r  c-a-u-s-a-s  d-e-s-c-o-n-o-c-i-d-a-s…F-a-l-l-e-c-i-ó. Pude evitarlo - se repite Manuel -.”

  

        Coro -. ¡Culpable! ¡Tu eres el culpable! - El mira interrogativamente hacia arriba -.



    “Manuel -. ¿Culpable…? ¿Quién me acusa? - mira y no ve a nadie -. Sí, yo tuve la culpa. Tenía que haberle dicho la verdad. A-C-C-I-D-E-N-T-E - La palabra retumba en su mente y la verbaliza queriendo aferrarse a ella y eludir su responsabilidad -. Si lo hubiera sabido se habría quedado.

     - Arpía Blanca -. Es cierto. Te aseguro que lo habría hecho. Pude oírselo decir instantes antes de morir en medio de una horrible angustia - La Arpía Blanca se separa del Coro y le atormenta hablándole al oído.  

   - Manuel -. ¿Quién se lo dijo?”



      Coro -. ¡Cobarde! ¡Cobarde! - Manuel se tapa los oídos -.



   “Arpía Negra -. Cuando uno está a punto de morir recibe el conocimiento supremo y de repente lo sabe todo - la Arpía Negra también ha abandonado el Coro-. Además el te vio usar su mechero - explica con gesto concluyente -.

   - Manuel -. ¿El mechero…? Me lo dio ella.

   - Arpía Blanca -.También se lo dio a él. La muy zorra…

   - Manuel -. Cuando regresamos del monte, ese fue el momento. El mechero, claro, ahora entiendo su reacción. Su esposa y yo, su mejor amigo, juntos. Luego todo pareció ponerse patas arriba.

   - Arpía Blanca -.Te arrepentirás toda la vida. Si es que consigues vivir con la culpa - le tortura -. No es la primera vez que traicionas a los que te rodean.

   - Manuel -. Vete - responde airado. Ella se aleja riendo con risa perruna -.

   - Arpía Blanca -. Dentro de poco me iré, pero la culpa se quedará contigo para siempre - se acerca y le repite al oído. La Arpía Negra mira cabizbaja la escena -.”



     Coro -. ¡Para siempre! ¡Para siempre!



   “- Manuel -. El tampoco lo puso fácil. Nunca le gustaba hablar de lo que no deseaba oír. Si no me hubiera cortado cuando estaba lanzado se lo hubiera contado… - argumenta -.

   - Arpía Blanca -. No busques excusas. Sabes que no fue así.

   - Arpía Negra -. El sabía que se lo querías contar y antes de morir te perdonó.

   - Manuel -. Ayer hubo demasiado alcohol y muchas palabras: todo chatarra.”



     Coro-. ¡Excusas! ¡Excusas!



  “- Arpía Blanca -. Recuerdas lo que hiciste.

    - Manuel -. Fue lo que no hice. ¡Déjame ya!

    - Arpía Blanca -. ¿Lo recuerdas? - insiste silabeando al lado de su cara -.

    - Manuel -. Íbamos al cine, ella me dijo que ya había visto la película y que prefería hacer otra cosa. ¿Por qué me has dejado comprar las entradas?, pregunté. Porque así tendrás una coartada. Si alguien te pregunta por la película, dices que los viernes estás tan cansado que te dormiste en el cine y que no te enteraste de nada. Total…aviones viejos, caras bonitas y poco más, respondió. Lo tenía todo previsto. Pero solo hemos estado juntos dos semanas.

     - Arpía Blanca -. Eso es lo de menos. El tiempo y la mezquindad no se rigen por la ley de proporciones. Un disparo, un único disparo y se acabó. Luego, si te produce placer disparas cien veces al muerto, pero… Recuerda, y se sincero. ¿Quién fue el causante de que Carlos dejara el grupo?

     - Manuel -. Me encontraba en el centro del deseo, con la conciencia en carne viva…- explica ignorando la pregunta -.

    - Arpía Blanca -. Sigue, sigue… - le apremia -.

    - Manuel -. En realidad siempre la había deseado y ya no estaba con él…Coincidimos, me propuso ir al cine. Fue ella la que dio el paso

    - Arpía Blanca -. Sí, claro, tu eres inocente. No te engañes. Sabías que el la seguía queriendo.

    - Manuel -. El no quería perderla, que es distinto. Yo no se cuando se deja de querer. Nadie lo sabe. Si se supiera reconocer esa estrecha franja que separa el antes y el después del amor, la frontera de la pasión perdida, la muerte de la voluntad de amar y de implicarse y de la memoria de lo común, entonces nos vacunaríamos para no sufrir de decepción…y de insomnio. Cuantas noches oscuras, cuantos clavos en el alma.

    - Arpía Blanca -. No te hagas el poeta. Estamos hablando de otras cosas. Eres un cobarde y un traidor, ¿recuerdas? - le increpa de nuevo -.”



     Coro -. ¡Traidor! ¡Traidor! ¡Miserable!



   “- Manuel -. Esteban tenía un encanto especial. Pero era todo fachada, dentro algunos muebles y casi ningún tabique.

     - Arpía Blanca -. ¡Criticando a un muerto!

     - Arpía Negra -. Era cierto. Tu amigo era un cretino - le defiende -.

     - Manuel -. Era mi amigo. También siento afecto por algún que otro gilipollas - simula taparse el rostro avergonzado al decir aquello -. Tenía cosas buenas. Una vez me hizo un regalo. El empezó la guerra. Yo se la presenté, ella me gustaba, pero a él no le importó. La miró como sabía hacerlo y ella se fue con él. En las distancias cortas era un fenómeno, un auténtico crack. Pero ella no tardó mucho en no encontrar acomodo en su corazón; pronto se dio cuenta de que, aparte de la cama y de algún buen momento, nada podían compartir y eso no es suficiente para todos los días, y poco a poco se fue alejando.

     - Arpía Blanca -. Menos mal que estabas cerca para mantener alto el pabellón del grupo. ¿Cómo ibas a permitir que se fuera con cualquiera? Eres mi héroe chaval - ironiza, esta vez en voz alta y alejada de el -.

     - Manuel -. Ellas siempre deciden como, cuando, con quien y hasta donde. Tuve suerte. Ella es un premio para cualquier hombre…

     - Arpía Blanca -. Al grano, tu no quisiste decírselo. Déjate de premios. Tu no eres mejor que el. Si se lo hubieras dicho se habría quedado. ¿Con qué necesidad iba a ir borracho y lloviendo a intentar verla? ¿Para qué lo habría hecho sabiendo la verdad? ¡Cobarde!”



     Coro -. ¡Cobarde! ¡Traidor!



       “- Manuel -.Un día, tan solo un día. Fue un error de cálculo del destino, si hubiera sido el lunes estaría vivo; hacía bueno y no pisamos ninguna taberna…Está muerto - añade con dramatismo -.

         - Arpía Negra -. Los humanos siempre estáis a vueltas con la muerte. ¿Tanto valoráis la vida? No es para tanto. Mira. No os enteráis cuando nacéis; lo hacéis ciegos, sordos y tontos y algunos se quedan así para siempre. Ante un nacimiento los adultos se sienten dichosos y se celebra la llegada del nuevo ser. Pero no creas que se trata de la perpetuación de la especie o por la alegría de la llegada de un nuevo miembro a la familia. ¡Que va! Es porque existe una cantidad de sufrimiento disponible y hay uno más para soportar la carga. Y después de una vida con frecuencia lamentable os da pena abandonarla. No te compliques Manuel, todo empieza y acaba. Como las películas y los libros; todo lo que hacéis los humanos lo hacéis limitado porque sois limitados - la intervención deja a Manuel a la vez confuso y consolado. Mira pensativo hacia el cielo en busca de explicación -.

       - Manuel -. Pero ha sido una muerte absurda. Uno puede morir de viejo o por una enfermedad, pero así, de repente… - reflexiona -.

       - Arpía Blanca -. ¿De repente…? Siempre se muere de repente. Estás vivo y luego muerto. Puede que sea larga la agonía que sirve a menudo para que os midáis y os pongáis a prueba los que quedáis. Quien le quería más o de verdad y a veces cosas mucho más terrenales - argumenta -. Esa te quiere consolar, pero no olvides que tu eres el culpable.”



    Coro -. ¡Culpable! ¡Cobarde! ¡Traidor!



      “- Arpía Negra -. No la escuches. Ella solo sabe hacer lo que está haciendo. Es su razón de ser. Olvidarás todo esto y seguirás. Vosotros solo recordáis lo que os conviene y eso os salva. Si no fuera por vuestra inteligencia selectiva la vida que a algunos les toca en suerte no valdría la pena. Sin embargo todos os aferráis a ella y le dais un significado. Inventáis pasiones, no importa cuales con tal de que os sirvan para eludir vuestra verdad, ahuyentar vuestros miedos y poder sobrevivir. Lo más parecido a un hombre sería un ser limpio que prescindiera de todo esos artificios, pero solo con su realidad puede que no le interesase seguir vivo.

        - Manuel -. ¿Qué quieres decir? ¿Qué quizás Esteban tuvo un instante de lucidez y no se gustó?

        - Arpía Negra -. Yo no digo nada. Solo te doy pistas. Nosotras no existimos y por eso sabemos mucho de la vida y no nos preocupa la muerte - responde con desgana -.

          - Arpía Blanca -. Que bonito consuelo. Esteban se da cuenta de lo estúpido que es vivir y decide dejar de hacerlo. ¡Qué fácil! ¿Por qué será que detrás de un accidente suele haber imprudencias, alcohol, malas condiciones climatológicas o todo a la vez? ¿Te lo has preguntado? Necesitáis probar y probaros que estáis por delante del destino, pero precisáis un cómplice que os ayude a hacer lo que solos no os atrevéis. El necesitaba de un acto heroico, pero habrías podido retenerle y evitar el accidente. Esa es la cuestión. No huyas, esta vez hay víctimas evidentes. Cuando lo de Carlos pudiste convencer a los demás de que estabais mejor sin él, aunque tu sabes la verdad.

        - Manuel -. No quiero hablar de eso, ahora no.”

      

       Se levanta pensativo. Ambas Arpías le observan desde una posición alejada, pero permanecen en el escenario. Aumenta la penumbra, sube el tono de la música y entre sombras el coro abandona el escenario. Manuel, solo, medita.



      “Manuel -. Es cierto soy cobarde, culpable, traidor ¿Y qué? ¿Por qué me torturo por ello? Esteban sabía lo que había, vio el mechero. ¿Por qué no quiso escucharme? Porqué se empeñó en ir a buscarla, solo el lo sabía. El si que era cobarde ¿Quién no tiene defectos? Al menos yo tengo disculpa. Soy egoísta y, a menudo, débil y de ahí nace todo lo demás. ¿Pero el…? El era fuerte, primitivo incluso, aunque no carecía de una chispa de inteligencia, pero para traidor no tenía madera. Cuando se fue con ella no se trató de traición, fue un acto de egoísmo y una manifestación de poder. Esto es mío y para mí. La traición nace del egoísmo pero precisa de un proceso meditado; mientras que el egoísmo y el ejercicio del poder son un impulso que no necesita ninguna elaboración previa. ¿Cobarde…? ¿Soy cobarde…? ¿Sí…? Mi falta de coraje me lleva a protegerme, pura supervivencia. Pero eso no es cobardía. Cobarde es el que sabe que puede y no se atreve, y el había visto el mechero. En realidad todo es cuestión de proporciones, como lo del disparo. ¿Quién es más criminal el que mata de un disparo o de veinte? El que lo hace de un único disparo es profesional y si no lo es, siempre podrá alegar involuntariedad. El que lo hace de veinte verá agravada la acusación por ensañamiento y alevosía. Yo solo estuve con ella dos semanas, ella no quiso más. ¿Cómo de grave fue mi delito? ¿Un día o dos meses habría sido igual? Creo que como las virtudes y los defectos. Un poco envidioso es admitido. Envidia sana, suele decirse. Ya. ¡Y una mierda! La envidia es envidia y de sana nada. Es como tener un poquito de lepra. Mirando una por una esas cosas horribles que oigo, que flotan en el aire esta noche, lo de cobarde es lo de menos, con reconocerlo…se trata de que puedan identificarte como cobarde. La gente se contenta con clasificarte, así, al menos con un defecto, ya no eres sospechoso. Y si a ti no te importa… ¿Pero culpable…? La cuestión es de qué se es culpable. Porque en realidad no es ni una virtud, ni un defecto, es una consecuencia y por tanto evitable. Bueno en mi caso no es evitable, lo mío es hereditario, o algo así. Y bien pensado, al primero que traiciono es a mi mismo y todos los días. Pero no es porque sea un chaquetero, como a veces dicen. No. Es porque no me gusta mantenerme fijo en la misma coordenada y procuro reconsiderar mis puntos de vista. Y eso me lleva a contradecir lo que ayer dije. No he sido, ni seré, un hombre de principios. ¡Que asco! Aunque lo peor de traicionarte es cuando alguien se da cuenta, porque siempre esperan que cumplas con lo que un día dijiste. Da seguridad. Si traicionas tus ideas o tus prioridades, y solo tú lo sabes... Bueno, siempre puedes cambiar de ideas o alterar el orden de las prioridades. Aunque, ¿Qué sucede cuando se acaban las ideas o cuando se agotan las probabilidades de orden de las prioridades? No lo se. ¿Quién soy? ¿A dónde voy? ¿Con quién? Preguntas y preguntas. Se acabó. No tengo porque sentirme culpable. Todo es mucho más fácil. Ella era un deseo insatisfecho, un rencor viejo, un amor necesario, algo que cuando quise no tuve y cuando pude me permití ignorando las consecuencias. Sabía que Esteban no quería perderla, es cierto, pero no me importó. ¿Por qué me iba a importar? Ella quería y yo también. Esteban habría hecho lo mismo. Cualquiera lo habría hecho y no voy yo a cargar con la penitencia en nombre de toda la humanidad. ¿Qué tendría que haberle dicho? ¿Ahora que no estás con ella ya me ocupo yo? Eso no se dice nunca, se coge la bolsa y se huye. ¿Qué habría dicho él? ¿De acuerdo…?  ¿Somos amigos….? ¿Te comprendo…? No. Se habría ofendido o lo que es peor, me habría despreciado. ¿Contigo…? No te molestes. Ni lo intentes, no tienes nada que hacer. Yo la llamo Elena y tu Marilén.”



Manuel amparado en las sombras, libre de la presión de las Arpías y seducido por su discurso autocomplaciente abandona la escena convencido de que no es peor que los demás. Las Arpías le siguen en silencio y la música aumenta el volumen. 

  





Agustín Mamolar                                                   24 de febrero de 2005
Interpretada por los alumnos de la Escuela de Actores de ARTEBI (Bilbao) en Marzo de 2005.
Al mirarla, aún se adivina un pasado bucólico de aguas tranquilas y verdes prados que el paso del tiempo se ha empeñado en ocultar tras una imagen dura e incluso, a veces, brutal, aunque siempre honesta, fuerte y soñadora.

Fueron la mano y la ambición del hombre las que tiñeron sus aguas de metal y sembraron sus orillas de hierros y cemento. Pero era otro tiempo, y aquello también se fue. Hoy son ruinas orgullosas, de las que presume, porque son las cenizas de sus sueños y los restos de la voluntad de seres de acero que en ella encontraron su hogar. También, son el lecho donde reposa el espíritu de los que partieron en busca de otros mundos, más allá del mar. Vencieron a titanes, a los que arrebataron sus océanos y sus riberas, en ellas esculpieron ciudades de altos edificios, y encaramados en sus tejados miran lejos, hacia el lugar donde quedó su alma herida, esperando un regreso que nunca llegó.



Su cauce de agua se dibuja como una cicatriz dolorosa en la piel de la tierra. Se estira y se arruga entre valles, en su empeño por alcanzar el mar. Un día ya lejano, se encontraron, se miraron sorprendidos y explotaron en un abrazo que las montañas cada día contemplan disimulando su envidia y su curiosidad.



Hace muchos años, cuando todo era posible, con atrevimiento e ilusión y donde nada había, la ría y el mar inventaron una ciudad a la que regalaron un horizonte infinito, poblado de misterios y de sugerentes fantasías azules y saladas. Pero la ciudad enamoró a la ría y desde entonces en ella retoza perezosa, gozando de su creación. La mar, celosa, pugna cada día por ver quién le arrebató su amor. Y la ría juguetona la deja venir y mirar. Pero al rato la expulsa, para que vuelva donde acaban las colinas y cuide de las naves que vienen de lejos cargadas de sueños y de nostalgia. Y ese juego de vanidad y celos hace que las mareas lleguen a la ciudad. Y el agua sube y baja, baja y vuelve a subir en un coqueteo cotidiano que un marino, acodado en la barandilla del muelle, atribuye a la luna; aunque el bien sabe que la luna es tan solo una coartada para el amor, para el suyo y el de la ría y el mar.



No se si cabe la belleza de la ría en cuatro palabras más o menos bien ordenadas; ni si caben tantos sueños como ha sugerido en un pequeño cuadrito de papel. Hace falta comprender las mareas, los hierros, la luna y el mar. Y sobre todo hay que poseer una mirada romántica que se olvide de lo que sobra y que contemple lo que ya no está.





                                                     Bilbao, 16 de febrero de 2004
La Ria
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