Agustín Mamolar
A Juan Carlos Periotto
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Sábado a la mañana, las horas se deslizarán perezosas, pero no las dejaré. Me toca madrugar y no por obligación, sino por esas cosas de no perder contacto con que lo que me gusta. Regreso tarde a comer y, por fin dispuesto, ahora sí, a sentir que es fin de semana, abro el periódico. La mañana ha sido agradable por la actividad y por la compañía, y mi sensación anímica positiva, pero de repente me doy de bruces con una noticia de esas inesperadas que te golpean y que te hacen clamar justicia. Se trata de la esquela de un hombre al que apreciaba y con quien mantenía un contacto intermitente, pero sincero y enriquecedor. La noticia me golpeó y sentí una corriente de rabia por no haber hecho esa llamada que venía ya postergando demasiado tiempo y que ya nunca podré hacer. Siempre quedan cosas pendientes, pero algunas no tiene remedio y en esos momentos te propones no dejar nunca más las cosas del alma sin hacer.

Juan Carlos tenía cincuenta y nueve años y yo le conocí hace catorce en su Argentina natal. Luego por esas cosas del destino y de la responsabilidad vino a Vitoria donde regresó a morir después de ser operado allí, en Córdoba.

Ayer, diez y seis de abril,  en su misa funeral hubo tres lecturas. Siempre he admirado a esas personas que son capaces de hablar sin que se les quiebre la voz. Yo nunca he podido. Una de las lecturas fue la de sus superiores jerárquicos que glosaron su valía profesional, su integración en un proyecto que nada tenía que ver con lo que hasta ese momento había realizado y como se convirtió en un referente dentro de la organización. El segundo correspondía a los integrantes de su equipo; este volaba más sobre el terreno de lo cotidiano. Hablaban así de anécdotas como cuando pintaron la delimitación de un área de trabajo en azul y amarillo y él riendo dijo: “… no sean voludos. ¿Cómo pintaron la fábrica con los colores de Boca”. Él era del River y era, como Valdano, un doctor en “futbología”. Y el tercer escrito era de su hijo Mauricio que prefirió que lo leyera el sacerdote. Este escrito era la voz de un corazón en carne viva, aunque recordaba que en la vida las relaciones son más cuestión de calidad que de cantidad, aludiendo a la pasión con la que su padre se volcaba en el trabajo. Los tres fueron hermosos, cada uno dibujaba un trazo de su rica personalidad, aunque juntos no alcanzaban a componer su figura completa.

Al escuchar aquellas palabras tuve la sensación de que estaba allí, con esa presencia de tímido que no se arruga, que llegaba a  impresionar; y pude ver que sonreía. Pero lo que más me impresionó fue darme cuenta de que yo conocía todo lo que allí mencionaron. Su forma de afrontar el trabajo, su sentido del humor, su colección de minerales, su afición al fútbol y su condición de hombre de bien. Y me dije: le conocías bien y eso significa que el dejó que le conocieras, y entonces yo también le sonreí. Juan Carlos no era un hombre fácil. No. No era de esos tipos que a todos caen bien. Era un hombre que siempre era correcto, pero cuya confianza había que merecer. O eso creo yo. Bueno Juan Carlos, como tú decías: Che, al pelo. Nos hablamos. 


Bilbao, 17 de Abril de 2007
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