Agustín Mamolar
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Posiblemente todo el que siente la tentación y la necesidad de escribir se ha visto en alguna ocasión como un ladrón de ideas; como un rufián emboscado a la espera de un pensamiento que le sorprenda, que le hiera y que despierte en él el deseo de acariciarlo al calor del verbo. O puede que se haya imaginado como un ave de rapiña que planea sobre la pradera hasta que un concepto despistado se separe del rebaño y se exponga a que caiga sobre él sin piedad para atraparlo y desgranarlo en un papel. Aunque nada de esto cambia las cosas, porque el ser humano sigue siendo el único y genuino propietario de cualquier pensamiento, por novedoso o extravagante que pueda parecer y el que lo hace prisionero de las palabras es un mero mensajero.

Las ideas no pueden ser inventadas, existen desde siempre en el aire. Se podría admitir que son descubiertas o reveladas a través de un acto de inspiración; o puede que, en el mejor de los casos, hayan estado esperando ocultas a quien posea la sensibilidad y el valor suficiente como para merecer dar con el tesoro de decir algo por primera vez; aunque las más de las veces se trata de versiones de la misma cosa.



Una vez atrapada la idea el que escribe trata de esculpir alrededor del alma de la idea un cuerpo de hermosas palabras trenzadas, con el fin de que aviven en quien pueda leer su escrito alguna pasión dormida que le empuje a palpar la esencia, devorar el contenido y hacer suyo el escrito y que su espíritu colisione con el de quien lo escribió. Para desparramar un pensamiento sobre una cuartilla hay que agarrar la idea con ambas manos, mirarla de frente y de perfil, romper su piel, penetrar su entraña, extraer su jugo y permitir que la alquimia de la creatividad y el esfuerzo reinventen su espíritu y que la mano temblorosa del artesano manche de tinta el papel con su zumo destilado. Y es en esta fase donde reside el mérito del coleccionista de palabras, que antes fue ladrón de ideas, porque en esa tarea está solo, con la única compañía de un folio en blanco y una pluma que no le quiere obedecer; tachando desesperado palabras que no son las que busca, rasgando con rabia papeles emborronados que se niegan a devolverle la belleza y el significado que persigue obstinado detrás de cada vocablo.



Coquetear con las palabras es una labor dura y solitaria y un oficio de alto riesgo. Es un trabajo plagado de insatisfacciones porque en realidad no es un destino, sino un camino en busca de una perfección imposible. Es una tarea que conduce a la frustración y al conformismo. A la frustración, porque la perfección no tiene límites y al conformismo, porque la desesperación, la pereza y el sentido común en algún momento aconsejan dar por concluido el trabajo. Y cuando se da conocer, se acabó; ese instante es una estación sin retorno que priva al que escribe de un paso más en busca de esa palabra precisa y certera que posea además sentimiento, música y color, esa quintaesencia de todas las palabras que no existe más que cuando se la persigue, y de esa frase definitiva, hermosa y contundente que exprese sin lugar a dudas lo que se pretende decir y sin que la belleza hurte el sentido del mensaje.



Ya lo tengo: “El cielo lloró su ausencia con lágrimas de hielo”. Pero el idilio entre el continente y el contenido de repente se rebela y nos hace creer que es mejorable. Y cambiamos la frase: “El cielo lloró lágrimas de hielo por su ausencia”. ¿Y si añado en la madrugada para darle más dramatismo? Y si simplemente digo que “sus sentimientos encontraron asilo en la noche cuando comenzó a granizar, después de que su espíritu le abandonara”? ¿Y…? Pero de todas las frases posibles solo existirá la que se entrega a los demás, lo cual es una responsabilidad, por eso es un oficio de riesgo, y también por qué corremos el riesgo de creer lo que escribimos.



El devaneo entre las palabras y las frases es como la bondad o la inteligencia, nunca son suficientes ni en calidad, ni en cantidad, porque no hay límites establecidos, ni por establecer, para las virtudes y los conceptos. Pero es ese equilibrio imposible entre la razón, la belleza, el conocimiento, la insatisfacción, la vanidad, el tiempo y tantas otras cosas, lo que hace hermoso escribir. Porque la búsqueda del concepto obliga a estar atento a la vida y proporciona la coartada necesaria para mirar hacia dentro en busca de respuestas y una nueva ocasión para batirnos en combate con la lengua y sus vasallos, un combate que en el mejor de los casos puede ser declarado nulo.





Agustín Mamolar                                  Bilbao, a 2 de noviembre de 2003
La Nación, 3 de noviembre de 2003. Buenos Aires - Argentina
El reto de expresarse sin pretexto ni obligación
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