Agustín Mamolar
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La Nación, 3 de noviembre de 2003. Buenos Aires - Argentina
Dos vidas por lo menos
Un cambio en mi vida, pero un cambio de verdad, me decía el otro día abrumado por el recuerdo de la disciplina que nos acosa y acorrala poco a poco, pero sin cejar en su intento, y que amenaza con reducirnos a víctimas de nuestra propia coartada de seguridad. Luego me preguntaba a que me refería con cambiar y no era fácil la respuesta. Cambiar no significa cambiar de coche, esa ilusión dura poco y es artificial, es tan solo un juguete nuevo. Tampoco se trata de mudarse de casa o de ciudad huyendo de algo que viene con nosotros, porque lo llevamos puesto. Ni consiste en cambiar por capricho entregando a algo o a alguien la responsabilidad de solucionar nuestras dudas, frustraciones y aburrimiento. Se trataría de un cambio fundamental, un cambio de esqueleto y de piel; de cabeza y de alma.



El asunto es que nos esforzamos en huir de la improvisación que nos hace perder tiempo y nos obliga a pensar y a optar cada vez que nos enfrentamos a cualquier decisión por insignificante que esta sea, y eso nos da seguridad porque las decisiones a las que nos enfrentamos cada día, se repiten y saber que una opción fue acertada y nos sirvió nos da seguridad, evita riesgos y nos concede unos pasos de ventaja, antes de enfrentar la siguiente. Pero llega un momento en el que no queremos permitir que la rutina se apodere de la vida, apolille los sentimientos y cubra de una capa de conformismo todos nuestros actos. Es claro que el olvido y la costumbre son un refugio y una medicina eficaz, pero también son un remedio fácil que nos narcotiza y nos impide avanzar. La rebeldía razonada, la curiosidad, el pulso al destino, a partir de un pasado aceptado y del deseo de protagonizar nuestro futuro son una apuesta por la vida; mientras que la cobardía, el entumecimiento y el conformismo son una renuncia. Porque la vida es nueva en cada instante y lo viejo se vuelve rancio, acaba siendo idéntico a sí mismo y conduce a la nada o a la muerte en vida.



Pero de ninguna manera esta actitud tiene porque significar irresponsabilidad ante los compromisos adquiridos en un pasado que un día fue presente y antes, cuando los perfilábamos, fue futuro, ilusión y sueño. Están los hijos y nuestra pareja; están los amigos de verdad y alguno de los circunstanciales, y la familia; y están los sentimientos, los genuinos y los prestados, y a todo ello le debemos lo que somos y los gramos de felicidad cosechados, y hasta ese sentimiento rebelde que se amotina desde nuestra alma y nos permite imaginar otra realidad distinta a la que con todo ello hemos construido. Pero no conviene olvidar que la mayor irresponsabilidad es traicionarnos a nosotros mismos, refugiarnos en esos compromisos reconvertidos en estrategias contra cualquier novedad y dejarnos arrastrar por la fatalidad sin tomar medidas.



Enredado en estos pensamientos caminaba por un sendero lleno de robles y castaños que me aseguraban que ellos, sin moverse de aquella foresta, habían visto pasar al conformista y al revolucionario; al que hace y al que dice lo que se debe hacer; al poeta y al patán; al cura y el feligrés, pero que ellos nunca se habían planteado estas cosas, porque de todos modos solo se podrían mover a cambio de morir en el intento. Me contaron que las tormentas, y las calimas; las nieblas y la luz les llevaban cada día la esperanza de un día más y que eso para ellos era futuro, y que tan solo sentían miedo del hombre, con sus hachas y sus fuegos, pero que esa maldición era inevitable. Triste, me dije. Y claro que lo es. No poder escoger es muy triste, pero poder hacerlo, ser consciente de ello y renunciar puede que sea peor. A no ser que sea árbol.



Agustín Mamolar                                      Bilbao, a 12 de octubre de 2003
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